martes, 30 de octubre de 2018

Cena con Esperanza

Hoy "Caballo blanco Montura roja", un cuento que me hizo pensar en la esperanza, en el deseo y en la ley de atracción. Dicen que lo que uno desea, si lo desea fuertemente, el universo se lo acerca. Pero para eso hay que hacer dos cosas antes:

1) trabajar en tener claridad sobre lo que se quiere.
2) despertar los sentidos, que estén bien activos para detectar cuando eso que se quiere se acerca.

A veces, como le pasa a Gilberto el niño del cuento, las cosas no llegan tal y como las imaginamos sino materializadas de una forma diferente o solo llega un trocito de ella y uno tiene que ir en busca del resto o, tal vez, llega un alguien, un lugar, un espacio-tiempo, que nos acercará -más tarde- a lo que buscamos--> se trata entonces de una OPORTUNIDAD y ¡hay que estar atentos!

Propongo este cuento para leer o narrar en familia, antes de dormir o al compartir la mesa ¡Que vuelva Esperanza y se quede a cenar en casa!

Aquí va lo que Renato Peralta, arquitecto y escritor cordobés, nos convida con su cuento.

Caballo blanco Montura roja



-¿De qué color es tu caballo, Gilberto? -le preguntan los mayores, para burlarlo. 
-Blanco, con montura colorada- miente el muchacho. 
La escuela queda lejos, casi todos los chicos van a caballo, o en sulkys, algunos en jardinera. Gilberto va a pie, cuando va. 
El sueño de su vida es tener un caballito blanco. "Le voy a poner una montura colorada", dice en voz alta, mientras camina hacia la escuela.

Una vez llega al pueblo una calesita. 
¡Están armando una calesita!, es la voz de aviso. 
Allá van todos los chicos. También Gilberto.
-¿Puedo ayudar?- le dice al calesitero que dirige los trabajos.
- Sí, muchacho- acepta el hombre. 
Gilberto ayuda. Mientras los hombres arman la estructura de la calesita, atornillan el piso de madera, paran los caños verticales que sostienen el techo, cuelgan el friso de chapa pintada con dibujos graciosos, como una puntilla de colores, al muchacho le toca pintar tra-ba-jo-sa-men-te los caballitos de madera, que son muy pesados. Los espía debajo de la cubierta de lona. Los baja, los acuesta uno al lado del otro. Hay caballos de todos los colores: negros, amarillos, verdes, rojos, hasta caballos... ¡color violeta! Cada uno luce una montura pintada en color contrastante. 
Destapa el último. ¡Oh! Es blanco con montura roja. 
Al chico le parece que el caballo lo mira con sus ojos grandes, negros y brillantes.
 -¡Los caballos, muchacho!- ordena el calesitero.
El calesitero ve cuando Gilberto se abraza al caballo y lo besa. 
-¡Al trabajo! ¡Al trabajo! Que a la tarde inauguramos.
El pueblo se llena de vida con la música de la calesita, los chicos alborotados, los padres cuentan las monedas. 

Gilberto queda "contratado". Su trabajo es tapar los caballos por las noches, cuando termina la función, apagar las luces, engrasar los engranajes. Y limpiar por las mañanas los caballitos con una franela para quitarles el polvo. 
-¡Brillantes, muchacho!¡Que luzcan brillantes!-dice el calesitero, que se llama Andrés. Gilberto limpia con cuidado los caballos. Se demora largamente en el caballito blanco con montura roja. Que a él lo mira. Le parece que lo mira. 

El calesitero comparte con Gilberto su comida y el mate cocido de las tardes. Poco a poco, Andrés deja el trabajo en manos del ayudante, mientras él atiende la boletería, que no descuida. 
-¡Que nadie se zampe, muchachos!- es la orden-. Que de este trabajo comemos todos, también los caballos- dice el calesitero. 
A la hora del mate cocido, Gilberto se atrave a preguntar.
-¿Cuánto valen? ¿Dónde se compran?
- ¿Qué?- pregunta el calesitero. 
- Los caballos, digo- aclara el muchacho. 
- No se compran, los hago yo. 
Andrés, el calesitero, muestra el caballo nuevo que está labrando en madera. Buen tallista, maneja escoplos, formones y martillos con habilidad. 
Gilberto aprende a pulir. En las horas en que la calesita descansa, maestro y aprendiz trabajan en la confección de un caballo nuevo.
Gilberto aprende un oficio, digamos dos, porque además de tallar la madera, aprende el trabajo de calesitero. Trepado a una escalerita, escamotea la pera lustrosa donde encaja la sortija. El pasajero que logra desengancharla, gana otra vuelta gratis. Gilberto pasa de ser el menos mirado, al admirado por las chicas del pueblo. 

Llegan los fríos. Vuelve el camión con los hombres que desarmarán y trasladarán la calesita. 
El caballo nuevo está terminado. Prolijamente, Andrés el calesitero lo esmalta con colores. ¿Qué colores?

Cuando se fueron, dicen que faltaba un caballo. 
Dicen que Andrés se lo dio a Gilberto en pago de su trabajo. 
Dicen que el muchacho lo escondió tapado con unas lonas. 
Dicen que vieron a Gilberto galopar por el campo con un caballito blanco con montura roja.
Dicen. 

Renato Peralta




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