Este cuentito me llegó, como muchos otros textos, de la mano de una gran amiga Victoria Minoldo. Lo comparto yo también.
La planta de Bartolo
por Laura Devetach
El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un
macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba,
¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores.
Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran cuadernos
hermosísimos, como esos que gustan a los chicos. De tapas duras con muchas
hojas muy blancas que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos.
Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:
—Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!
¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los
cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los
iban terminando, se enojaban y les decían:
—¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!
Y los pobres chicos no sabían qué hacer.
Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes
manos de tierra gritó:
—¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos!
¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de cuadernos!
Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la
casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno
nuevo debajo del brazo.
Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba
otro y ellos escribían y aprendían con muchísimo gusto.
Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la
felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé
qué.
Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente
hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de
oro: ¡Toco toc! ¡Toco toc!
—Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a
comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de
chocolate y un millón de pelotitas de colores.
—No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.
—¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos
arbolitos de navidad.
—No.
—Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y
toboganes.
—No.
—Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.
—No.
—¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?
—Nada. No la vendo.
—¿Por qué sos así conmigo?
—Porque los cuadernos no son para vender sino para que los
chicos trabajen tranquilos.
—Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como
yo.
—No.
—Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te
quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora.
Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.
—¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó.
Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron
todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los
conejitos.
Todos rodearon con grandes risas al vendedor de cuadernos y
cantaron "arroz con leche", mientras los pajaritos y los conejitos le
desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones.
Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con
sus calzoncillos colorados, gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a
descansar.
—¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los
ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la
carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no
trabajan.
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