viernes, 3 de abril de 2020

Pero... podría


Un lápiz de color pinta una nariz
un lápiz de color dibuja en algodón
Un lápiz de color en nubes de aniz
escribe en camisón para no dormir
Si un papel se le ofrece
un cuento florece
Pero...
Si ya no pudiera dibujar
un lápiz de color podría cantar
Si ya no pudiera escribir
un lápiz de color podría bailar
Si ya no pudiera crear cuentos
un lápiz de color podría soñar despierto
Pero... podría...

Cinti

jueves, 2 de abril de 2020

Tres cuentitos para animarse a pensar diferente y abrazar los miedos antes de dejarlos ir...

Ideales para nuestro tiempo de cuarentena y reflexión...
Una vaca aburrida de ser vaca desea ser otro animal. Tras varios intentos fallidos descubre que el cambio que buscaba estaba dentro suyo, en su forma de ver la vida 💫


Una araña tejedora aprende a tejer y a dejarse ayudar por el viento logrando redes magníficas 🕸 de las que todos quieren formar parte. 

 
Un grillito aprende a cantar canciones de cuna para dormir a los adultos que se quejan de su cri cri y para meditar profundo como le gusta 🌠

miércoles, 15 de enero de 2020

Inocencia


Inocencia de
Elena Bethencourt 

Mi familia me oculta algo. Lo sé. Al principio no me daba cuenta de nada, pero ahora —después de ocho navidades— estoy empezando a sospechar que Papá Noel no es exactamente la persona que creemos.
Somos muchos a cenar el veinticuatro y siempre aparece embutido en su traje rojo durante el postre. Lo raro es que, justo antes, alguien se levanta de la mesa, sale y no vuelve hasta mucho después.
Por eso, esta Nochebuena estoy muy atento a los movimientos de todos, quién entra, quién sale y quién falta cuando llega él. El abuelo lleva barba blanca, pero no está para muchos trotes, papá no se aleja de la sidra, el primo Luis no se despega de su novia sueca, que no se entera de nada y según mamá no le durará hasta Reyes. Así que me voy a concentrar en mi tío Andrés.
Sirven el postre. No le quito ojo. Él a mí tampoco. Soy el único niño. Hago como que me embeleso con las luces del árbol y me como un trozo de turrón. Mira el reloj. Una vez, dos, tres. Dice que va al servicio. Bingo, a los seis minutos llega Papá Noel con el saco. Tiene la barba torcida, le asoma el cuello de la camisa y en la muñeca lleva el reloj de mi tío. Reparte los regalos a ritmo de Jo, jo, jo y se marcha. Intento salir tras él. Mi madre se cruza en mi camino, que a dónde voy sin abrir los regalos. Dudo. La esquivo. Corro por el pasillo, bajo las escaleras, llego a la calle. Ni rastro del trineo con los renos. Vuelvo a subir. Mi tío regresa a la mesa dos minutos más tarde. Parece cansado, será de tanto correr. Creo que se ha dado cuenta de que he resuelto el misterio. Me guiña un ojo, yo a él también. Su secreto está a salvo conmigo. Jamás le contaré a nadie que Papá Noel durante el año se hace pasar por mi tío Andrés. 

Cuento ganador del concurso #cuentosdenavidad de @zendalibros
E @iberdrola

martes, 5 de noviembre de 2019

Pajarito Remendado de Gustavo Roldán

El árbol era como una fiesta de cantos y colores. Docenas, cientos, miles de pajaritos de toda clase se juntaban para ensayar sus canciones apenas amanecía.

Y entonces el día parecía más lleno de luz y el monte se vestía de fiesta.

Ahí estaban todos los pajaritos.

Estaba el tordo pico blanco y la calandria, la torcacita y el cardenal, el siete colores y la viudita, la cotorrita verde y el hornero, la tijereta y el picaflor.

Estaban todos, y también estaba Pajarito Remendado.

Y aquí comienza la historia porque, al fin y al cabo, ésta es la historia de Pajarito Remendado.

Se llamaba así desde que una tarde, peleándolo, la urraca le gritó:

—Cra cre cri, Pajarito Remendado, cri cro cru.

Y así le quedó el nombre para siempre, porque sus plumas de distintos colores parecían los remiendos de un traje viejo.


Ese día en que el árbol era como una fiesta de colores, Pajarito Remendado se posó en la rama más alta. Y ahí, mientras silbaba a todo silbar, pasó un aguilucho y, rápido como rugido de sapo, cayó sobre Pajarito Remendado y se lo llevó por los aires.

—Ya tengo comida para mis pichones —pensó contento el aguilucho, con el pajarito apretado en el pico.

—¡Se llevan a Pajarito Remendado! ¡Se lo lleva el aguilucho! —gritaban los pájaros desde las ramas.

—¡Se lo lleva el aguilucho! —gritaba el tordo.

—¡El aguilucho se lo lleva! —gritaba la paloma.

—¡Que lo suelte, que lo suelte! —gritaba la calandria.

Muerto de miedo, Pajarito Remendado pensó que se acercaba su hora, pero los gritos le dieron una idea.

—¡Que lo suelte, que lo suelte! —seguían gritando todos.

—Señor aguilucho —dijo Pajarito Remendado—, mire qué pájaros meteretes.

El aguilucho siguió volando, pero miró con curiosidad el árbol lleno de gritos.

—Sí señor aguilucho, no puede ser que se metan en los problemas ajenos.

—¡Que lo suelte! ¡Que lo suelte! —seguían los gritos.

—¡Esto no puede ser! —dijo Pajarito Remendado— ¡dígales que qué les importa!

—¡Qué les importa! —gritó el aguilucho abriendo grande el pico.

Pero cuando terminó de hablar se encontró con el pico vacío, y vio a lo lejos que Pajarito Remendado se escapaba, riéndose a más no poder. Se escapaba, todavía un poco muerto de miedo, pero un mucho muerto de risa.






Gustavo Roldán (Versión libre de un cuento folclórico)


jueves, 17 de octubre de 2019

Giraluna

Hoy un cuentito para los grandes

Giraluna de Eduardo Gudiño Kieffer



Había una vez un inmenso, inmensísimamente inmenso campo de girasoles. Era como una luminosa alfombra amarilla, tendida desde la orilla del camino hasta más allá del horizonte. Era un campo de girasoles orgullosos. Cada uno quería ser el primero y se empujaba para ser más alto que el otro. Ni siquiera se hablaban.

Sólo les importaba crecer y crecer, amarillear cada vez más radiantes y siempre girando para no perder de vista al Sol. El Sol no les llevaba el apunte, seguía su camino tan alto, tan solo.

Así durante el día. ¿Y durante la noche?


Cuando el Sol se ocultaba los girasoles no tenían nada que hacer. Mustios y aburridos, se doblaban sobre sus tallos, bostezaban, y se quedaban dormidos hasta el nuevo amanecer. Entonces, cuando el Sol aparecía, los girasoles empezaban a levantarse.

Entre tantos girasoles había uno que nació más tarde. Por más que se estiraba y se estiraba, no lograba asomar su cabecita paliducha por entre la de sus hermanos. Y ni siquiera podía imaginarse cómo era ese Sol tan admirado, tan elogiado, tan adorado. Solamente por la noche, cuando los demás se dormían, nuestro girasol pequeñín podía ver el cielo. Entonces, por supuesto, el Sol ya no estaba, su tibieza y su luz ya no estaban.

Sin embargo otra luz, envolvía las copas de lejanos eucaliptos. Esa luz provenía de un disco de plata que navegaba entre millones de estrellas.

Esa luz misteriosa decía: “No soy el Sol, soy la Luna. Tengo mil nombres más, todos sagrados. Soy la diosa blanca que ordena las mareas y distribuye las lluvias. Soy la que vigila el crecimiento de las plantas y de los animales.”

El pequeño girasol se dejaba mecer por esas misteriosas palabras lunaluneras, que le sonaban como una extraña canción. La flor giraba su corola-coronita de plata, la seguía y la escuchaba:

“No sólo el Sol, girasol, no sólo el Sol, te da lo que le pidas. También yo, Luna, tan generosa como ninguna, soy dueña de la vida. Si tus hermanos son para el Sol, girasol, vos sos para la Luna. Y nadie te dirá nunca más girasol, te dirán Giraluna.”

Ahora alguien lo conocía. Alguien le hablaba. Alguien se ocupaba de él. Alguien le había dado un lindo nombre: Giraluna.

Y así siempre. Porque en el Universo hay lugar para todos. Porque en el tiempo caben el día y la noche, las cuatro estaciones, el Sol, la Luna y todos los hombres del mundo. Porque los altos y los bajitos, los flacos y los gorditos, los lindísimos y los no tanto… todos tienen algo que hacer, algo en que pensar, alguien a quién querer para poder ser. Se llamen Girasoles o Giralunas.

martes, 20 de agosto de 2019

Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga

Horacio Quiroga
(1879-1937)

Decálogo del perfecto cuentista


I
Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

martes, 25 de junio de 2019

Los ojos destapados

Un cuentito de Laura Junowicz especial para cuando aparece el miedo a la oscuridad ;)

Los ojos destapados



No era que Ofelia le tuviera miedo a la oscuridad, era una ardilla muy valiente. Pero eso de andar cerrando los ojos en plena noche, cuando el bosque se llena de ruidos y sombras extrañas, no le gustaba nada.  Por eso, antes de ir a dormir, juntaba unos cuantos bichitos de luz para que se quedaran a su lado, iluminando.
Hasta que una noche, los bichitos le dijeron que ya era tiempo de dormir sin su compañía. Ofelia hizo puchero porque no estaba muy de acuerdo. Para darle ánimos, los bichitos le dejaron una poción que la ayudaría:
-Esta cáscara de nuez tiene gotas de lágrimas de murciélago. Si escuchas un ruido o algo te asusta, tomas un sorbito y podrás ver en la oscuridad.
Así y todo, a Ofelia no la convencía la idea de pasar la noche sola y a oscuras, pero como sabía que las ardillas grandes no dormían con bichitos de luz, aceptó.
La noche estaba oscura como el fondo de un baúl. Ofelia, recostada en una rama, intentaba dormir. En eso, escuchó un ruido y abrió los ojos de golpe. ¿Un puma? ¿¡Un jaguar!? Tomó un sorbito de la nuez que le habían dejados los bichitos de luz. Al ratito, la oscuridad se aclaró: el ruido era una liebre que dormía ceca y, cada tanto, roncaba.
Ofelia respiró aliviada, pero antes de volver a cerrar los ojos, percibió una sombra moviéndose entre los arbustos ¿Una serpiente deslizándose? ¡¿Un fantasma?! Tomó otro sorbito de la nuez. Al ratito pudo ver: el viento arrastraba las hojas caídas en la tierra. Volvió a respirar y, viendo que no pasaba nada, ahora sí, se durmió profundamente.
-¿Cómo te fue? ¿Dormiste bien?- le preguntaron los bichitos de luz al otro día.
-¡Dormí como una osa invernando! ¡Y todo gracias a las gotitas que me dejaron!
Los bichitos se rieron con picardía y le contaron la verdad: la nuez no tenía lágrimas de murciélago, sino agua de lluvia. La mentirita era para que pudiera vencer el miedo con coraje. Porque el miedo – y acá viene el gran secreto - , el miedo nos tapa los ojos.
Ofelia se sintió muy orgullosa de haber podido vencer el miedo que tapa los ojos, y pensó que si le había salido una vez, podría volver a hacerlo. Y así fue, ya no hubo noche en que no pudiera ver. 

Cada vez que escuchaba o sentía algo extraño, con los ojos bien destapados de coraje, miraba mejor, y sanseacabó.

Pero... podría

Un lápiz de color pinta una nariz un lápiz de color dibuja en algodón Un lápiz de color en nubes de aniz escribe en camisón para no dor...